La primera fila

La primera fila siempre es la más cotizada. Bueno, no siempre. Es cierto que en los conciertos o en el teatro los lugares de adelante suelen ser los más caros. Los fans están dispuestos a pagar cifras sustancialmente superiores con tal de estar cerca de su artista o actor predilecto. Lo mismo sucede en los aviones, donde los pasajeros asumen un costo mucho mayor por el confort y el rápido acceso a la aeronave.

Pero en el cine sucede lo contrario. Las filas delanteras son las últimas en llenarse. Y es que la experiencia que ofrece la pantalla grande se aprecia y disfruta mucho más desde los lugares de en medio. El valor que le demos a un lugar, un bien o una actividad depende de la circunstancia, de su demanda, de la perspectiva y, sobre todo, de la actitud.

De niño, una de mis películas favoritas era la de Las aventuras de Tom Swayer, basada en la novela de Mark Twain del mismo nombre. Swayer es un niño de 12 años, travieso y muy inteligente. Un día su tía, con quien vivía, lo castigó por participar en una pelea callejera. En lugar de salir con sus amigos a nadar en el río tendría que pintar la enorme cerca frontal de su casa.

Estaba inmerso en la tediosa tarea cuando pasó por ahí Ben, un amigo de la escuela, disfrutando de una jugosa manzana. Para molestarlo y atormentarlo le preguntó si no iría a nadar al río. Tom pretendió no escucharlo y siguió pintando, fingiendo concentración. La actitud de Swayer intrigó a Ben quien, a pesar de ser también muy astuto, mordió irremediablemente el anzuelo.

¿En verdad estás más interesado en pintar una barda que en jugar con nosotros? Le preguntó. Tom finalmente le hizo caso, sin dejar de mover la brocha. Le dijo que lo que estaba haciendo era muy importante, que requería de habilidades técnica que no todos poseían y, por lo tanto, su tía no se lo confiaba a cualquiera. Además, pintar la cerca era una actividad que se realiza solo una vez cada muchos años, mientras que bañarse en el río podría realizarse cualquier día.

Ben le rogó a Tom que lo dejara pintar la cerca, quien solo accedió cuando recibió la manzana a cambio. Pronto otros niños se acercaron quienes tuvieron que intercambiar frutas y juguetes para poder mostrar sus habilidades con la brocha. Al final del día Tom descansaba plácidamente en una sombra, con un morral lleno de comida y objetos valiosos, mientras un ejército de niños terminaba su trabajo.

Muchas de las cosas que nos ofrece la vida no son buenas ni malas. Todo depende el cristal con que se miren. Es cierto que todos tenemos predisposiciones distintas pero cuando utilizamos el optimismo como estrategia la vida es más amable y aprendemos a convertir una experiencia placentera el disfrutar de un concierto desde la última fila.

Enrique Martínez y Morales

Político, empresario y editorialista coahuilense