El extremo duranguense ha dejado sensaciones ambivalentes en los equipos en los que ha militado; el cuadro de la UNAM será su última oportunidad para mostrarse en serio En algún momento se proyectó que Uriel Antuna, el vertiginoso extremo, se afianzaría como uno de los atacantes con mayor capacidad de ruptura en la Liga MX. No obstante, no ha logrado sacudirse el estigma de la irregularidad que ha permeado las distintas fases de su trayectoria profesional.
Su tránsito por el balompié nacional, matizado por la polémica, la destreza técnica y una evidente oscilación en su rendimiento, lo ha posicionado como un elemento relevante, aunque prescindible en las estructuras de los clubes.
En su etapa más reciente con los Tigres de la UANL, el atacante no logró satisfacer las metas trazadas. Se integró a la disciplina felina en agosto de 2024; sin embargo, su aportación sobre el césped resultó excesivamente austera. Durante las jornadas en las que tuvo actividad con el conjunto universitario, sus registros estadísticos no guardaron proporción con la apuesta económica realizada por la institución ni con la capacidad de desborde que había exhibido en clubes anteriores.
Con una productividad de apenas 3 pases de gol en 48 encuentros, sumando actividad en la Liga MX y certámenes internacionales, Antuna no consiguió afianzarse en el once inicial ni erigirse en el futbolista diferencial que la directiva aguardaba. Esta falta de impacto derivó en que su paso por el conjunto regiomontano fuera calificado como uno de los puntos de inflexión negativos dentro de una trayectoria marcada por los altibajos.