Hace exactamente un siglo, el británico Howard Carter realizó uno de los descubrimientos más importantes de la arqueología del siglo XX.
El 4 de noviembre de 1922, fue hallada la tumba de Tutankamón y hoy cumple su centésimo aniversario, planteándose un debate sobre si debiera ser cerrada al público de manera permanente y ofrecer alternativas, en un mundo dominado por la las “selfies” y la obsesión por fotografiarse en el lugar.
La visita a la tumba -ya de salud quebradiza- es una entrada adicional a la del Valle de los Reyes y reporta al régimen egipcio ingresos millonarios cada año.
El sucesor de Akenatón y Nefertiti, estaba tal y como lo habían amortajado sus fieles 3.000 años antes, y con él, miles de joyas y objetos de decoración que acercaron la antigüedad al presente.
Pero el brillo de ese hallazgo se vio empañado por un artículo de Sir Arthur Conan Doyle (autor de Sherlock Holmes) sobre las muertes extrañas de casi todos los que entraron a la tumba del joven faraón, pues había reparado en un extraño fenómeno y en la inscripción de una pieza de arcilla encontrada en la tumba.
La inscripción tallada rezaba: “La muerte golpeará con su bieldo a aquel que turbe el reposo del faraón” y durante los seis años siguientes al descubrimiento, 16 personas relacionadas con el hallazgo murieron, algunas de ellas en extrañas circunstancias.
Sin embargo Carter lo desacreditaba siempre respondiendo:
“Si esa maldición existiera, yo habría sido la primera víctima. Sin embargo, estoy aquí”
La tumba, en la que aparecieron objetos que hoy son grandes iconos de Egipto, como la máscara de oro, la capilla canópica o los ataúdes del rey, es hoy el centro de las celebraciones del centenario, a las que está previsto que acudan mecenas del arqueólogo.