El sistema interconectado y en constante cambio de las corrientes atmosféricas y oceánicas a escala mundial determina el clima que experimentamos cada día, este año sin embargo, los científicos advierten de que una versión especialmente intensa de uno de los fenómenos climáticos más conocidos de la Tierra, El Niño, podría alterar drásticamente estos patrones.
Se acerca el 1 de junio, fecha de inicio de la temporada de huracanes del Atlántico, y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) ya finalizó su pronóstico de tormentas para este 2026.
Se predice una temporada de huracanes por debajo del promedio, en línea con los pronósticos realizados por otros expertos en las últimas semanas.
El retorno previsto del fenómeno de El Niño -y su potencial para alcanzar una intensidad históricamente alta- constituye el principal factor determinante detrás de esta perspectiva.
El científico climático Daniel Swain afirmó en una publicación que todo apunta cada vez más a un fenómeno de El Niño significativo, incluso fuerte o muy fuerte. Una opinión compartida por Ben Noll, meteorólogo del Washington Post, quien advirtió que “(era) probable que se produjeran cambios en la ubicación, la intensidad y la frecuencia de las sequías, las inundaciones, las olas de calor y los huracanes”.
En su publicación en X, Noll estimó que hay un 22 % de probabilidades de que se produjera un “súper El Niño” para agosto y un 80 % de probabilidades de que se ocurriera uno “fuerte”, según los nuevos modelos del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio.
Este resultado no es definitivo, y las previsiones realizadas a principios de primavera suelen ser menos fiables que las que se hacen más adelante en el año.
Algunos científicos han advertido que aún es pronto para sacar conclusiones.
¿Qué es El Niño?
Durante cientos de años, los pescadores de la costa occidental de Sudamérica vieron cómo su sustento se veía gravemente afectado por un cambio periódico en la temperatura del agua que provocaba la muerte masiva de los organismos de la cadena alimentaria de la que dependían para su sustento.
Como siempre ocurría por diciembre, lo bautizaron como “El Niño de Navidad”, en una referencia irónica al nacimiento de Jesús.
Lo que hoy conocemos simplemente como El Niño es una alteración del patrón habitual de movimiento del agua y el aire en el océano Pacífico, que se produce aproximadamente cada dos o siete años.
Normalmente, las aguas superficiales más cálidas del Pacífico oriental son empujadas continuamente hacia el oeste por los fuertes vientos. El agua más fría asciende desde las profundidades del océano para llenar ese vacío, lo que hace que el Pacífico oriental sea mucho más frío que el Pacífico occidental.
Sin embargo, a veces este proceso se ve interrumpido (aunque los científicos no se ponen de acuerdo sobre el motivo exacto). Esos fuertes vientos del oeste pierden intensidad y el Pacífico oriental se calienta, lo que provoca enormes corrientes ascendentes de aire cálido que modifican la trayectoria de las corrientes de aire que fluyen hacia el este sobre el continente americano.
Según The Washington Post, una versión “súper” de El Niño se produce aproximadamente una vez cada 10-15 años. El impacto en el clima es enorme, y puede llegar a ser catastrófico.